Bibo había pedido para Navidad un regalo muy especial, “una caja de sorpresas”. Bibo era un niño de 12 años muy particular. Nunca se conformaba con lo que tenía, pero no por ser un niño caprichoso, no. Él quería mas porque sabía que existía algo mejor, algo diferente o desconocido, detrás de cada cosa que encontraba. Bibo era, como un explorador de cosas.
Así que, esa Navidad había pedido algo muy especial. Esas cajas de sorpresas que él sabía que en algún rincón del mundo existían.
Sus padres no lo entendían. ¿Una caja de sorpresas? Le preguntaban, ¿Y que es eso?
Bibo no se enfadaba porque no le entendieran, si no que, comprendía perfectamente que no todas las personas pueden captar las ideas de los investigadores de cosas. De hecho, muy poca gente puede hacerlo.
Pero esa Navidad fue especial.
Al despertar el 25 por la mañana, Bibo se fue corriendo hacia el árbol. El árbol de las cosas (como él decía). Bibo fue abriendo regalo a regalo. Tenía 5. Y lo hizo en orden, del más grande al más pequeño.
Los padres lo miraban entusiasmados. Pero su madre se dió cuenta de algo muy extraño. ¿Luís, le has puesto tú otro regalo? Ninguno de los dos lo había hecho. Bibo tenía 5 regalos bajo el árbol y ellos solo habían puesto 4.
El 1º, un patinete.
El 2º, un libro de investigadores enorme.
El 3º, un balón
El 4º unas zapatillas
El 5º, una caja de sorpresas.
Bibo, asombrado por todas esas cosas nuevas que le habían regalado y alucinado por tener en sus manos ese 5º regalo tan deseado, corrió a abrazar a sus padres y les dijo orgulloso -¡Sabía que la encontraríais!
Y fue a partir de ese momento, cuando las cosas empezaron a cambiar.,
Esa mañana, Bibo, como cualquier otro niño, se agarró al regalo que más ilusión le había hecho y decidió dedicar todas las horas del día de Navidad, simplemente, a investigar. Pero lo que Bibo aún no sabía es que tenía entre sus manos algo muy muy especial.
Bibo estaba en la cocina, desayunando y abrió por primera vez la caja de sorpresas. La miró por dentro detenidamente. No había nada. Ni por dentro ni por fuera. Ni música, ni imágenes, ni confeti, ni nada. Simplemente una caja bacía. Pensó durante un rato en el porqué, como buen investigador, pero dejó de pensar cuando sonó el timbre de la puerta.
Ya abro yo! Dijo su madre, ya con la mano en el pomo de la puerta. Al abrir, una chica de metro ochenta, más parecida a Noemí Campbell que a cualquier otra persona en el mundo, se plantaba ahí de pié, con una sonrisa perfecta y una luz especial. ¿Y tú quien eres? Le preguntó la madre de Bibo mirándola con descaro de arriba a abajo,. -¿Yo?- Respondió ella – Yo soy la sorpresa de Luís.
Marta, la madre de Bibo, no reaccionaba. Ahí, pasmada como un maniquí al que acaban de colocar en una posición rara, se había quedado clavada e inmóvil. Luís se acerca a la puerta y sin aún llegar a la entrada pregunta -¿Cariño, quien era?
-Tu sorpresa.- Le contesta la chica sonriente.
-Creo que se equivoca- Luís cierra la puerta y se ríe mirando a Marta y sin entender nada. -¿Quien era ésta? Que chica más rara…
Bibo sigue en la cocina. Como hace rato que no escucha ningún ruido, puede volverse a concentrar en su caja y en sus investigaciones. Sigue mirándola y continúa sin entender por que no hay nada en esa caja. La cierra. La vuelve a abrir.
Suena el timbre de la puerta.
Marta y Luís, atacados por la risa, aun frente a la puerta. Abren. Un tío de metro ochentaycinco, cuarentón, con gafas, barba de tres días, cuerpo atlético y con un parecido de impacto a Jorge Clooney, pregunta por Marta.
-Si, soy yo!
-Hola Marta, soy tu sorpresa.
Bibo sigue en la cocina, sigue observando la caja, sigue investigando, la cierra. La abre.
-Bibooooo!