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La caja de galletas

Hacía días que esperaba ese momento. La caja de galletas, vieja y oxidada era lo único que me quedaba de ella. Toda la vida la había visto pero nunca la había abierto. Una vez, de jóvenes, cuando empezábamos a festejar me dijo que no la abriera nunca, que sino se moriría. Nunca la abrí. Pero ahora el miedo que tenía a que sucediera lo que decía había desaparecido. A pesar de ello, algo en mi cabeza me había impedido abrirla immediatamente después de su desaparición. ¿Qué podía llegar a matarla?

La tenía en la cómoda de nuestra habitación. Yo la había sacado de su cajón y la había puesto encima; a la vista. La presencia de esa caja amarilla de galletas me atormentaba pero teniéndola ahí, de algún modo, me hacía compañía. Era el objeto prohibido que durante más de 50 años había estado en mi vida, pero al cual nunca había tenido acceso. Nunca había querido tener acceso. Desde que nos casamos, había pensado que lo que se moriría no sería ella, como imaginé al principio, sino su confianza, nuestra relación. Nunca le pregunté, nunca insistí.

Ahora estábamos su caja de galletas y yo. La caja era grande. El día que llegamos a casa con Mario, nuestro primogénito recién nacido, sacó la caja y la dejó donde la había colocado yo después de su perdida, se sentó junto a la ventana y me dijo que la caja era grande por mi. Al rato se levantó y la volvió a guardar. No entendía y no preguntaba. Aunque mi curiosidad siempre fue intensa, nunca le hablé de ello. Pensé que preguntarle la haría sentir mal. La quería y la quiero tanto!

Pero ahora yo ya estaba decidido a abrirla. Me acerqué a la cómoda y cogí la caja de encima. La tuve en mis manos algo más de una hora. ¡O más! Fue el tiempo que necesitaba; ni más ni menos. Me fui a la ventana y me senté en la silla. La misma silla desde la que me habló de la caja, cuando Mario nació. La toqué. La miré por los seis costados. La sacudí un poco, suavemente. Era pesada y su sonido sordo al moverla. Finalmente la abrí fácilmente para mi sorpresa a pesar que algún chirrido se escapó de la bisagra. La abrí del todo apoyando la tapa en mis piernas. Dentro habían miles de papeles, pequeños y aparentemente desordenados. Los de más arriba parecían más nuevos y los de más abajo, amarillentos, más antiguos. Y en todos ellos, había una fecha y la misma nota escrita a mano. Deducí que cada uno de esos papeles correspondía a un día. El más antiguo, abajo del todo, tenía escrita la fecha en que nos conocimos, el 23 de abril del 1949. Y encima, el que debió ser el último, tenía la fecha escrita del día de su muerte. Decía: “4 de mayo del 2010″. Y siempre la misma nota: “David, te amo”.

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